Anxiety.

Por qué siempre le tuve tanto temor a esta palabra, la verdad ni idea, porque ahora que la enfoco desde otro ángulo, no me asusta tanto. Hay que hundir este tabú. Yo, personalmente, prefiero analizar el problema que me está causando aunque sea un poquito de ansiedad, y esto es lo importante, sin que se detenga el resto de mi mundo. 

Le doy espacio a que entre, pero de a poquito. Escucho lo que está pasando por mi mente y por mi cuerpo que me hace sentir tan para el orto, para sacarle ventaja y entenderlo, lidiar con lo que haya que lidiar, y seguir este camino que es, literalmente, mi vida. 

No todas las situaciones que me generan muchísima ansiedad tienen solución, obvio, pero todas las que sí las soluciono con una simple charla con la persona indicada y a corazón abierto. El problema lo tengo cuando la otra persona es, por distintas y únicas razones, como hablarle a la pared. Me asesina internamente, me decepciona. 

La comunicación es clave para todo en la vida. A mis 26 años esa es una de mis top 5 frases que sigo defendiendo al pié del cañón. Creo que te lleva y trae a lugares infinitos. Y siempre va a ser mi camino fiel, nunca preferiría quedarme con la duda por miedo a preguntar. 

No le tengamos tanto miedo si se expresa con claridad. Hay un mensaje que hay que detenerse a escuchar aunque no se diga con palabras. Pero tampoco apaguemos la máquina para el resto de nuestras cosas, especialmente esas que nos gustan tanto y nos hacen tan feliz. Preguntale a algún amigo si te presta un consejo que te pueda servir. Pero por favor, no caigamos en lo obvio de pretender que somos todos felices y perfectos porque ya re fue esa gilada, es exhaustiva e imposible y ya todos lo sabemos. 



 Despedidas 

A veces me pregunto si la gente de la que me despido pensará que no los quiero lo suficiente porque nunca se me cae una puta lágrima sino que, por el contrario, me voy sonriendo.  Supongo será una mezcla entre estar acostumbrada a este estilo de vida nómade lleno de despedidas y el hecho de no sentir las despedidas como un completo adiós. 

Por un lado, confío ciegamente que no existen las despedidas para con las personas que sé que volveré a ver en algún momento de mi vida, y por otro, ya no me duele terminar etapas, al contrario, las festejo. 

Habremos escuchado mil veces la típica frase cliché de que cuando una puerta se cierra otra se abre, si, pero alguna vez te detuviste a observar este semejante acto de hermosura? Es instantáneo y se siente en la piel. Cuando alguien se va, da espacio a alguien nuevo que vendrá a enseñarnos algo más. 

Además, nada sería especial si estuviera con nosotros 24/7, perdería su magia. Y bueno, esa magia no se evapora. Queda guardada en alguna parte de mi alma, mezclado con recuerdos y aventuras. Risas y llantos. En fin, momentos que nunca se van a ir de mí. Entonces, si las despedidas son físicas nomás, por qué me dolería tanto transitarlas? Quién haya caminado a mi lado y se haya echo un lugarcito en mi, tiene que saber que nuestros momentos e historias quedan congelados en un instante que no voy a borrar jamás. 

Ya no pierdo tiempo llorando lo que se fue, porque si sólo es físico, realmente no se ha ido. Y si se borró pues dejo en mi una ventanita abierta que permitirá entrar algo mejor. 


¿Quién somos cuando estamos solos? 

Antes ocupaba mi tiempo al máximo y ahora me doy cuenta que lo hacía para no pensar. Tu trabajo, novix, amigxs, estudio, familia, etc. no pueden ser tu esencia al 100%. Tiene que haber un respiro donde digas acá estoy yo y sólo yo.

Vamos por la vida creyendo que estamos viviendo pero por dentro estamos dormidos. No nos detenemos a mirar la abundancia que nos rodea sino que nos quejamos por lo que no tenemos porque es más fácil. Deseamos lo que el otro tiene sin darnos cuenta todo lo que uno tiene para brindar al mundo. 

Hasta que conocés a alguien que está despierto. Y depende donde esté tu cuerpo-mente-alma lo vas a calificar como unx locx de mierda o, como yo, vas a darle la oportunidad de presentarle a tu más profundo ser. 

Estoy sentada en un salón donde entra y sale gente constantemente, y una persona me llama la atención. Al principio, nunca me pregunté qué era exactamente lo que me despertó esa persona. Simplemente me veía atraída a entablar una conversación a ver si ese instinto no fallaba, y el día de mañana podríamos conocernos. 

Ahora entiendo que son vibras. Yo vibro constantemente y por la vida hay quien será atraído por estas vibras y quien se alejará. Confío en esto y hasta ahora mi instinto nunca falló. 

Y esa soy yo, desde un principio me vas a sacar la ficha. Me gusta ser simple y no dar vueltas porque me cansé de perder tiempo. No sé qué más es lo que tengo para brindar pero mis nuevos amigos me agradecen simplemente por ser parte de sus vidas. Quizá es nuestro entorno el que más nos va a enseñar ya que son ellos quienes ven todo aquello que nosotros nunca vamos a notar, y si tu entorno es como el mío, te van a marcar y recordar tanto lo bueno como lo malo, y así de fácil ya sabés un poquito más de vos. 

Esa seré yo para el afuera, sí, pero después llega el momento de introspección, y yo ni puta idea quién soy ni qué quiero. Pero tengo algunas pistas que son las que marcan mi camino, supongo. Así que si algún día nos cruzamos, ojalá caminemos juntos un rato, así aprendemos algo nuevo y tendremos una historia más para contar,.





Me siento y me prendo un porrito. Lo giro a quien tenga al lado, no importa si nos conocemos o no, ya que después de esas pitadas es fija que algo interesante va a salir de esa situación. 
Es muy común que te pregunten tu nombre, de donde sos, cuánto tiempo llevás en Australia, bla bla bla. Y cuando digo muy común, es insoportablemente común, especialmente cuando vivís de hostel en hostel y conocés gente todos los días, todo el día. Un día me pudrí y cada vez que alguien me hacía esas preguntas yo le decía: “estoy harta de responder siempre lo mismo, así que te pregunto algo distinto: de qué escapabas cuando te viniste acá?” Esta pregunta giró conmigo por todos los hostels que pasé. Me fascinaba escuchar respuestas nuevas, historias eternas resumidas en segundos. Me acercó a muchas personas. Me alejó de otras que no tenían nada para aportar. Me daba un panorama interesante de cada personaje que aparecía en mi vida. 
Escuché de todo. La mayoría definitivamente escapábamos de algo. Otros escapaban de algo que todavía no sabían poner en palabras. Otros no escapaban sino que querían llenar un vacío que tenían dentro. 
Empecé a apasionarme por estas charlas profundas y gratificantes. La gente me enseñaba con sus propias experiencias un camino que yo jamás hubiese recorrido. Aprendí junto a algunos a tratar temas tabú, como la depresión, con plena libertad, que el día de mañana me ayudaría a saber reconocerla y transitarla. 
Pensar que algo tan simple como una conversación pueda ayudar tanto me llenaba el alma. Quien me conoce sabrá cuánto yo amo charlar. Y, sin darme cuenta, mucha gente empezó a acudir a mí en busca de una charla que no tenía ni principio ni fin, ni nudo ni desenlace, ni coherencia ni cohesión. 
Y me convertí en esto. No soy psicóloga ni sé lo que hago. Simplemente comparto todo lo que tengo para decir, y al parecer hay quien lo reconoce y le sirve. No tengo filtro. Soy transparente. Soy parcial. Busco equilibrios. Hasta me convertí en mediadora de pleitos. Calmé aguas que todos pensaban que sería imposible. Y de pronto empecé a apreciar esta parte de mí que era útil. Hasta llegué a meterme en plena pelea de onvres esquivando piñas mientras todos me gritaban que no me metiera porque no valía la pena. 
En mi mente sí vale la pena una charla con la persona indicada si eso puede evitar una pelea violenta o que alguien salga lastimado. Mi lógica es distinta a la del resto. No puedo quedarme sentada, quieta y callada mientras dos personas se cagan a piñas por una estupidez adelante mío. Porque, posta, siempre es una estupidez. Si tengo algo bueno y útil para aportar, lo aprovecho. 
Quiero ayudar lo más que pueda a quien lo necesite. Y yo creo que una buena charla siempre es un buen comienzo. 
Y que el decorado cierre el orto. 
Armemos una ronda y nos sentamos. Yo me siento y me prendo un porrito. Lo giro a quien tenga al lado, no importa si nos conocemos o no, ya que después de esas pitadas es fija que algo interesante va a salir de esa situación. 


Cuando me vine a Australia no tenía la más puta idea de lo que estaba haciendo, esto es un común denominador en mi vida, no me estresa no saber a dónde voy ni tener nada planeado. Lo disfruto mucho. Disfruto el efecto sorpresa. 

El efecto sorpresa de Australia es la gente. Tanto aussies, como backpackers. 

Los aussies son las personas más relajadas que conocí en mi vida, me sentí contenida y parte de algo aún  estando tan lejos de casa. Se encariñan muy rápido (como yo!), son serviciales, ofrecen ayuda sin esperar nada a cambio, y al ser camarera puedo afirmar que son los clientes más amables del mundo. Acá aprendí a querer a los niños. Son tan pero tan educados, me alegran los días. 

En mi primera semana de backpacker, pude descifrar la movida australiana. Vas a conocer más gente extranjera que local. Al parecer este es el destino al que todos apuntamos cuando no sabemos qué hacer con nuestras vidas. Desde un principio me sentí acompañada en este aspecto. Nos entendíamos, coincidíamos. Los tiro al aire, acá, somos mayoría perras. 



 




 El arte me moviliza. 

Las calles de la city me cuentan historias. Historias que mucha gente no se detiene a mirar, y me da pena. No por el artista, sino por quien se lo está perdiendo. 

Yo dejé mi historia repartida en distintas calles, paredes, bares, baños. Ojalá alguien sonría cuando las vea. Ojalá la gente se animara más a contar su historia y ser más transparentes, no?

El arte es un muy buen canalizador. Lo recomiendo. 


 Ser libre. 

Y acá va una flasheada. 

En el fondo todos apuntamos a eso, verdad? Y qué mejor manera que empezar una nueva aventura en un lugar donde nadie te conoce. No sé la gente normal cómo se manejará, pero yo nunca me había puesto a pensar quién soy. Es como que tu entorno te lo va imponiendo sin que te des cuenta con actitudes que hemos tenido a lo largo de los años. En mi caso, tengo las mismas amigas hace 23 años, me conocen de memoria. Como la familia. Por más que tenga una semana de mierda con cara de orto 24/7 ellas saben que no soy una vieja ortiva y mala onda. Cuando estás de viaje no cargás con esa imprenta. Un mínimo acto de unos segundos puede determinar si vas a conectar o no con aquella persona que acabás de conocer. Y lo mismo pasa con uno presentándose a gente constantemente. Sos libre. Sos vos. Cada instante. 

La gente que me conoció las primeras semanas de Melbourne conoció a una Josefina distinta a la que fuí dos meses después. Estaba aferrada todavía a algo que quería dejar atrás y me estaba costando. Hasta que conocí a alguien que me cuidó como nadie cuando estuve muy enferma y muy lejos de casa. Me dí cuenta que el amor se manifiesta así, random, que son muchas las personas que te vas a cruzar y te van a acalorar el alma que no hay por qué apenarse tanto cuando ya no están a nuestro lado. 

Me gustó este nuevo sabor a disfrutar las relaciones sin importar hacia dónde van o cuánto van a durar. Si antes me decían que todo me chupaba un huevo, ahora me chupaban 3. 

 

Melbourne, my love! 

De Argentina a la ciudad con mejor calidad de vida en Australia, imagínate. Planeé mi primer semana para hacer todo tipo de trámites: abrir una cuenta de banco, una línea de celular, el TFN que es un número para poder trabajar en blanco, el RSA que es el papel que te habilita a trabajar en cualquier tipo de restaurant/bar que venda alcohol, y demás trámites que no recuerdo bien. En dos horas hice todo. Literal. Entré al banco, nunca hay cola, te vienen a buscar y te dirigen a la oficina que necesitas dependiendo lo que tengas que hacer, abrí una cuenta de banco y deposite mi platita todo en menos de media hora. A los dos días me llegó la tarjeta. Todo lo que siempre odié de las ciudades, no existía en Melbourne. A cada lugar que entraba con una sonrisa y decía “Hi! How are you?” Me contestaban con otra sonrisa, me sacaban charla y me deseaban siempre un buen día. Los colectivos pasan cronometrados. Los trenes también. El tranvía te lleva a donde quieras. Y cuando caminás, antes de llegar a pisar la senda peatonal, el auto que va andando ya frenó para dejarte pasar. Nadie toca la bocina, creo que hasta es ilegal si no es una emergencia. La gente pide permiso y perdón todo el tiempo. Los homeless que vivían en mi cuadra siempre muy amables y respetuosos (y muy graciosos también). Nadie nunca me soltó un piropo en la calle. Camino de noche y sola a cualquier hora de la madrugada y sin miedo. En fin, un sueño. 

Y así, de a poquito, me enamoró. 

Conocí a mis primeros amigos, Flor es una y hoy es mi familia. Es que eso tiene estar lejos de casa también, todo es más intenso. En una semana quizá te hiciste un amigo que te va a marcar para toda la vida. Lo mismo para las relaciones, avanzan muy rápido (a mi personalmente, me asustan y salgo cagando). Así es Australia. Pasas dos años acá, se pasan como si fueran 4 meses pero te marcan como si fuesen 15 años. No es joda. 



Obviamente, no todo es color de rosas. Estaba rota por dentro. Me tuve que volver a armar sin la ayuda de nadie y del otro lado del planeta.  
Dediqué mis primeras dos semanas del viaje a canalizar a través de la cámara mientras salía a recorrer esa ciudad que cada día me enamoraría más. En el recorrido me encontré con almas que hoy en día las reconozco como gran parte del camino. Ya había viajado sola antes, si, pero nada se asemejaba a esta experiencia. Gran parte de mí había evolucionado antes de viajar, supongo que al llegar a Melbourne simplemente me propuse descubrir a esa nueva yo. Y la gente que me rodeó fue clave para este proceso. 
Más tarde entendí que hay gente que simplemente va a aparecer, endulzar tu camino y así de rápido también se va a ir. Y está bien. 
Dejé de tenerle miedo a los finales. Los experimento, los abrazo y los guardo dentro mío en un lugar donde no duele extrañar.
Fue entonces cuando acepté dejar de sufrir por la relación que había terminado antes de viajar y empezar a agradecer que, de alguna forma, todo eso me había empujado a llegar hasta ahí. 
Y lo sostengo. 



                       

Seguro cuando escuchas hablar de Aussie la primer ciudad que te viene a la cabeza es Sydney, y claro,  lo tiene todo y es lo más, pero yo hice mi research y encontré esta ciudad llamada Melbourne.

Leí miles de foros y blogs, y con cada uno me enamoraba más de Melbourne y me olvidaba más de Sydney. Entonces seguí mi instinto y caí ahí. Pasé mis primeros 4 meses en esta ciudad que quedará grabada en mi corazón para siempre. 

Había sacado alojamiento por cuatro días en un hostel en pleno centro, pensé “en cuatro días me acomodo y busco algún departamento para compartir con alguien” JAJAAAA nunca me fui. Me enamoré de la vida de hostel. Conseguí trabajo ahí mismo unas diez horas a la semana para pagar mi estadía haciendo panqueques y a la vez trabajaba en un resto italiano a pocas cuadras. 

El hecho de vivir en un hostel para algunos es súper exhaustivo, gente que entra y sale, gente que hace quilombo, sexo en los baños, el bar de abajo que estaba siempre atr, las duchas compartidas, cuartos compartidos.. pero yo lo veía con otros ojos: amigos nuevos, experiencias nuevas, anécdotas nuevas todos-los-días. Volvía de trabajar y siempre había algo para hacer. Siempre alguien estaba ahí sentado listo para ir a explorar algo nuevo. Es que eso tiene Melbourne, de cuatro meses que estuve ahí nunca me sentí parte de una rutina. Siempre había algo nuevo para hacer, algún bar nuevo para escabiar, alguna fiesta que acudir, algún museo que visitar. Y al vivir en un hostel siempre habría buena compañía para cualquier tipo de plan. 

En Melbourne me apodaron Josie, y así fue como empecé a presentarme con ese nombre. Ya no era la hija de, ni la hermana de, ni la nada de nadie. Era Josie. Y me encantaba. 


Pocos meses antes de aterrizar en Aussie, terminé una relación de muchos años. Obviamente esto me dejó flotando en una nube de incertidumbre, y como mi personalidad es muy Ariana (intensa e impulsiva), me senté con mi computadora a mirar pasajes y en literalmente media hora tomé la decisión de irme a la mierda y saqué un pasaje a Australia para dos meses más tarde. 
Tardé una semana en contarle a mi mamá sobre esta decisión. Hoy, que ya lo veo desde otro ángulo, entiendo que simplemente no quería decepcionarla. 
Qué verga che. Estar atrapado esos parámetros que algún hijo de la gran fruta habrá creado muchos muchos años atrás. Es que ya es prehistórico (e ingenuo) pensar que todos los seres humanos podemos alcanzar nuestras metas en la misma cantidad de tiempo, y de la misma forma: colegio, carrera, título, trabajo, casa, fin. 
Imaginate tener un pasaje sólo de ida en mano y ver todos los días a tu mamá y no poder contarle que te vas. No podía. 
Al principio fue shockeante, ella pobre no entendía una mierda, y lo que me dijo fue “pero... y qué vas a hacer con la facultad?” Le dije: “Ma, necesito hacer esto, no puedo explicarlo pero no puedo estar más acá, necesito irme”, obviamente a mitad de la frase me largué a llorar, así fue que un abrazo apretado terminó de explicar lo que las palabras no podían.
Después de ese día la escuché hablar de mí con sus amigas  “se quiere ir a la mierda, no sabe lo que quiere pero sabe que acá no lo va a encontrar, y se sacó un pasaje a Australia la loca” . 
Y qué bien hice vieja. 

Desde chica soñé con llegar a esta isla, no recuerdo bien qué es lo que me atraía tanto de ella, quizá los koalas y canguros, o quizá el hecho de estar al otro lado del mundo. Ni idea. Pero sé que fue esa la razón que me impulsó a sacar ese pasaje que me cambió la vida. 

Cuántas veces habremos escuchado esa frase. Cuántos la creímos un mito o una exageración. Pero no, es real y lo viví en carne propia. 

Voy a contar mi historia, y es que tengo mucho para decir y la gente que me rodea está cansada de escucharme hablar. El único problema que tengo ahora es la constancia de mantener este diario vivo, pero acá estoy, intentando. 

Bienvenidos a mi burbuja de pensamientos. Algunos concretos, otros super random. No esperen coherencia y cohesión, yo soy un tiro al aire y aprendí a respetar eso de mí. Aun así, intentaré dar lo mejor de mí para quien sea que esté leyendo.