Despedidas 

A veces me pregunto si la gente de la que me despido pensará que no los quiero lo suficiente porque nunca se me cae una puta lágrima sino que, por el contrario, me voy sonriendo.  Supongo será una mezcla entre estar acostumbrada a este estilo de vida nómade lleno de despedidas y el hecho de no sentir las despedidas como un completo adiós. 

Por un lado, confío ciegamente que no existen las despedidas para con las personas que sé que volveré a ver en algún momento de mi vida, y por otro, ya no me duele terminar etapas, al contrario, las festejo. 

Habremos escuchado mil veces la típica frase cliché de que cuando una puerta se cierra otra se abre, si, pero alguna vez te detuviste a observar este semejante acto de hermosura? Es instantáneo y se siente en la piel. Cuando alguien se va, da espacio a alguien nuevo que vendrá a enseñarnos algo más. 

Además, nada sería especial si estuviera con nosotros 24/7, perdería su magia. Y bueno, esa magia no se evapora. Queda guardada en alguna parte de mi alma, mezclado con recuerdos y aventuras. Risas y llantos. En fin, momentos que nunca se van a ir de mí. Entonces, si las despedidas son físicas nomás, por qué me dolería tanto transitarlas? Quién haya caminado a mi lado y se haya echo un lugarcito en mi, tiene que saber que nuestros momentos e historias quedan congelados en un instante que no voy a borrar jamás. 

Ya no pierdo tiempo llorando lo que se fue, porque si sólo es físico, realmente no se ha ido. Y si se borró pues dejo en mi una ventanita abierta que permitirá entrar algo mejor. 

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