Me siento y me prendo un porrito. Lo giro a quien tenga al lado, no importa si nos conocemos o no, ya que después de esas pitadas es fija que algo interesante va a salir de esa situación.
Es muy común que te pregunten tu nombre, de donde sos, cuánto tiempo llevás en Australia, bla bla bla. Y cuando digo muy común, es insoportablemente común, especialmente cuando vivís de hostel en hostel y conocés gente todos los días, todo el día. Un día me pudrí y cada vez que alguien me hacía esas preguntas yo le decía: “estoy harta de responder siempre lo mismo, así que te pregunto algo distinto: de qué escapabas cuando te viniste acá?” Esta pregunta giró conmigo por todos los hostels que pasé. Me fascinaba escuchar respuestas nuevas, historias eternas resumidas en segundos. Me acercó a muchas personas. Me alejó de otras que no tenían nada para aportar. Me daba un panorama interesante de cada personaje que aparecía en mi vida.
Escuché de todo. La mayoría definitivamente escapábamos de algo. Otros escapaban de algo que todavía no sabían poner en palabras. Otros no escapaban sino que querían llenar un vacío que tenían dentro.
Empecé a apasionarme por estas charlas profundas y gratificantes. La gente me enseñaba con sus propias experiencias un camino que yo jamás hubiese recorrido. Aprendí junto a algunos a tratar temas tabú, como la depresión, con plena libertad, que el día de mañana me ayudaría a saber reconocerla y transitarla.
Pensar que algo tan simple como una conversación pueda ayudar tanto me llenaba el alma. Quien me conoce sabrá cuánto yo amo charlar. Y, sin darme cuenta, mucha gente empezó a acudir a mí en busca de una charla que no tenía ni principio ni fin, ni nudo ni desenlace, ni coherencia ni cohesión.
Y me convertí en esto. No soy psicóloga ni sé lo que hago. Simplemente comparto todo lo que tengo para decir, y al parecer hay quien lo reconoce y le sirve. No tengo filtro. Soy transparente. Soy parcial. Busco equilibrios. Hasta me convertí en mediadora de pleitos. Calmé aguas que todos pensaban que sería imposible. Y de pronto empecé a apreciar esta parte de mí que era útil. Hasta llegué a meterme en plena pelea de onvres esquivando piñas mientras todos me gritaban que no me metiera porque no valía la pena.
En mi mente sí vale la pena una charla con la persona indicada si eso puede evitar una pelea violenta o que alguien salga lastimado. Mi lógica es distinta a la del resto. No puedo quedarme sentada, quieta y callada mientras dos personas se cagan a piñas por una estupidez adelante mío. Porque, posta, siempre es una estupidez. Si tengo algo bueno y útil para aportar, lo aprovecho.
Quiero ayudar lo más que pueda a quien lo necesite. Y yo creo que una buena charla siempre es un buen comienzo.
Y que el decorado cierre el orto.
Armemos una ronda y nos sentamos. Yo me siento y me prendo un porrito. Lo giro a quien tenga al lado, no importa si nos conocemos o no, ya que después de esas pitadas es fija que algo interesante va a salir de esa situación.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario