Obviamente, no todo es color de rosas. Estaba rota por dentro. Me tuve que volver a armar sin la ayuda de nadie y del otro lado del planeta.  
Dediqué mis primeras dos semanas del viaje a canalizar a través de la cámara mientras salía a recorrer esa ciudad que cada día me enamoraría más. En el recorrido me encontré con almas que hoy en día las reconozco como gran parte del camino. Ya había viajado sola antes, si, pero nada se asemejaba a esta experiencia. Gran parte de mí había evolucionado antes de viajar, supongo que al llegar a Melbourne simplemente me propuse descubrir a esa nueva yo. Y la gente que me rodeó fue clave para este proceso. 
Más tarde entendí que hay gente que simplemente va a aparecer, endulzar tu camino y así de rápido también se va a ir. Y está bien. 
Dejé de tenerle miedo a los finales. Los experimento, los abrazo y los guardo dentro mío en un lugar donde no duele extrañar.
Fue entonces cuando acepté dejar de sufrir por la relación que había terminado antes de viajar y empezar a agradecer que, de alguna forma, todo eso me había empujado a llegar hasta ahí. 
Y lo sostengo. 



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